Cuando era adolescente, mientras oíamos “La flor de la canela” en voz de Dolores, mi padre me dijo que habían mujeres que nacían con una voz privilegiada, no sólo porque cantaran bien, sino por el sonido de su voz. O sea que no sólo tenían la altura, la intensidad, la duración y la respiración adecuadas, sino el timbre, el elemento, quizá, más importante cuando hablamos de sensibilidad (el famoso feeling) –como Mercedes Sosa, Tania Libertad, Amparo, Soledad Bravo… cuando las escuchas sabes que son ellas– me dijo.
La voz es un instrumento que requiere trabajo y voluntad, no sólo para integrar los aspectos acústicos y técnicos, o incluso anatómicos, sino aquello que le leí a un compositor, cuyo nombre no recuerdo: “Cantar es un acto milagroso, porque implica dominar lo que es realmente un puro instrumento de egoísmo: la voz humana”. Larcher se suma a las cantautoras e intérpretes de música folclórica argentina, que crean el milagro: a partir del canto dan vida a la música, a la poesía, a los sentimientos y a la protesta.

Fotografía tomada de cmtv.com.ar
Otros en la voz de Nadia Larcher
Reflexión al margen y a cuento: respecto al quehacer de la cantante solista en general, la interpretación suele mirarse como un asunto menor, como si darle vuelo a las palabras fuera poco; detrás debe haber también el genio para una composición. Pero el canto en sí mismo guarda su maestría (diría mi abuela, que diría su abuelo: «todo tiene su contenido»).
El uso de la sola voz para hacer música quizá haya sido de las prácticas más antiguas, y por ello tiene un aura ritual, como el cardenche o el bullerengue, o inluso cuando escuchamos el estilo de lo que llamamos “a capela”. La voz que interpreta melodías compuestas por otros, específicamente del folclor, me resulta igual a la práctica de transmitir el conocimiento oralmente; chamánica, de lxs viejxs, quizá por ello, la voz de Nadia, junto con otras intérpretes, parece hablar desde un lugar lejano hacia el presente.
En una sesión maravillosa con Lito Vitale, Larcher interpreta “La asimétrica”, una chacarera que se reinventa a sí misma desde su género (sí, la chacarera a sí misma); sólo una voz que interioriza la tradición de esta música, puede cantar con potencia versos (de otros) tan sencillos: “Bien derechita, ay, ser mi chacarera, ay, sí/ Tal vez, mañana alguno la toque y se acuerde de mí/ Sincopada es mejor que cuadrada y sin sal/ No vaya a resbalar, la sin red se termina nomás”. Como un golpe percutido, grave y contundente, Larcher entra a la pieza, en la que ya la esperan la flauta, principalmente, además de los tambores, las guitarras, el teclado y los bajos. Cuando llega la frase: “no me hagan explicar el ritmo/ no, señor, yo sólo sé tocar lo que me sale del corazón”, una entiende todo sobre la profundidad de esta interpretación, como si en cada canto Nadia misma volviera a los orígenes.
Lo mismo ocurre con la canción “La de los humildes” de Armando Tejada Gómez, una zamba dirigida a la precariedad con que se vive en algunos contextos: “la cara hundida en el pecho/ hasta mirarse la pena”. Inicia una guitarra acústica, la nitidez de la nota al deslizarse en la vibración de la cuerda se une la voz grave, firme y alta (Larcher canta como un grito, sin gritar): “zambita para que cante…”.
También ha interpretado alguna composición de Liliana Felipe (otra de las grandes): “Pero no te extraño”, con la Orquesta Sin Fin: “Yo creo que Inés/ Quiere dormir sola/ Aunque un regimiento/ Se postre a sus pies…” suena en medio del tronar de una casi sinfonía, mezclando adagios, minuetos, un brevísimo allegro al inicio, como si fuese una danza. De pronto se oye solo el violín (¿concertino?) y le contesta una nostálgica flauta.
Me sorprende lo versátil que Larcher puede llegar a ser, adapta su musicalidad a distintas formas, tiene proyectos lo mismo en colaboración con una orquesta, como con ensambles, tríos instrumentales, duetos u obras monódicas de solo voz o con un acompañamiento apenas, con percusión.
Entre sus interpretaciones también se encuentra “Los dos solitos”, con letra de Teresa Parodi (canción que esta última escribió como homenaje a Mercedes Sosa), empieza con algo típico en la música de Nadia, piano “goteante” con percusión, en esta, específicamente, me gusta que la percusión se turna el tiempo con el piano, pero coincide con el bajo, lo que crea una atmósfera nostálgica más encaminada a la alegría. Su voz se mezcla de forma homogénea con la de Nahuel Pennisi, salvo por algunas partes en las que el timbre de Larcher despunta al hacer énfasis en algún sentir.
Nadia también se ha unido, precisamente, a la voz de Parodi con la canción “Tiempo”, en que las voces graves se entrelazan natural y melódicamente, sin embargo, la de Parodi resalta por sus tonos agudos en la punta de la melodía (¿voz de cabeza?). Con ritmos suaves de acordeón, piano y guitarra, contrabajo y cello, a coro suave cantan: “y la vida va yendo para allá sin perder pisada/ qué difícil es entender que un día todo se acaba/ esa sensación de que falta mucho y no falta nada…”
Lo que me lleva a resaltar el dominio que Nadia tiene de la propia voz, a partir de ella conversa con la melodía instrumental, pero también con otras voces, de modo que se nota en sus intercambios, que lo más importante es comunicar a la otredad, al oyente y a sí misma.

Fotografía de Jorge Aloy
Nadia Larcher en su propia voz
Larcher nació en Andalgalá, en Catamarca, su linaje proviene de la montaña, donde su abuela era pastora (o sea que le sabe al terreno sinuoso), lo que sembró en ella su lenguaje poético. Creció con el extractivismo del agua de por medio, lo que sembró su lenguaje político. Nadia cantando sus propias canciones es la misma que cantando las de otros, debido a esa forma de apropiarse de lo humano, y de aquellas luchas internas y externas que compartimos (¿Han sentido cómo una melodía hace meiosis en las células de su alma?).
Pero en sus canciones, su voz se vuelve enteramente protagonista, porque, efectivamente, la voz, el sentimiento y el pensamiento, le emanan al mismo tiempo del diafragma. La poesía en sus letras puede ser directa o conceptual; directa para decir: “fuego capitalista/ fuego político”, abstracta para hablar de que: “lo oscuro trajo miedo”.
Recientemente, publicó su proyecto Trinar/La flor (2025), con el que fue nominada a los premios Gardel, en la categoría de mejor álbum de folclor, junto a Flor Paz y Maggie Cullen. En su portada a blanco y negro, el álbum enmacra el rostro de su abuela, una mujer que toca la guitarra y canta, «trina», como cuenta Larcher que ella nombra al hecho de hacer la música. El disco abre, precisamente, con el tema “Trinar”:
“Canta María, que tu voz la escuchen los vientos/ gritale al tiempo un lamento/ sana mi herida/ grita fuerte su nombre/ que no la callen…”:
¿serán las palabras de su abuela, abriéndose camino por las heridas de su linaje? En esta pieza la flauta trina, viaja suave, un piano tenue de fondo sostiene ese paisaje ventoso, y luego la voz nos devuelve al presente.
Las dos canciones que más bellas me parecen del álbum son “Caminantes” (o debiera yo decir caminantas) y “Música hermana”; la primera, en colaboración con Luna Monti, se trata de una canción de mujeres, hablan las voces (las no calladas voces de mujeres), detrás de los latidos que anuncian algo (¿la presencia inexorable femenina?¿El paso que se abre ante ellas?); me pregunto con qué instrumento marcan ese palpitar, ¿será una caja, el cultrún? Es una percusión suave sobre la que se van integrando otros sonidos: batería, platillos, voces a coro: “Gritan desde el valle y la montaña/ Pulsa el vientre, viento de esperanza/ Gritan desde el valle por mañana/ Abrazo del agua encomendada”.
La música de Larcher navega hacia el interior, aunque los motivos sean los de la experiencia, los del entorno sociopolítico, los de afuera, de modo que al oírla, una se va hacia dentro de una misma.
“Música hermana” tiene una instrumentación parecida a “Caminantes”: entran los bajos cual si fuesen percusiones, luego la guitarra, luego la voz, mientras escucho, pienso: ¿de qué habla esta pieza? Me doy cuenta de que es difícil determinarlo, y pienso que es algo que Larcher hace de forma recurrente; en sus letras y en su música existen tópicos más que significados concretos, de esta suerte, diría que esta pieza aborda la vulnerabilidad del ser ante la vida, nos empieza a hablar de ello, tirando frases: “ayer me perdí en la duda”… “lo oscuro trajo miedo”…, como si fuera bajando una escalera, titubeante, para luego decir firmemente:
Pero tengo mi guitarra
Y un montón de amigas buenas
Que reciben en su casa
A mi corazón enfermo
A mi corazón enfermo.
Y la música, mi hermana
Abre todas las ventanas
Y arma pura correntada
Para que vuelva la calma
Para que vuelva la calma
La vulnerabilidad se sana en compañía, pero sobre todo, como si esta canción fuese su ars poética, declara la fuerza que otorga en ella la compañía de la música.
Larcher folclórica
¿Por qué se cataloga a su música como folclórica? Al ser mexicana, me lo pregunté con ingenuidad, debido a que al escucharla, sin saber por qué, venían a mi mente Mercedes Sosa, Chabuca Granda, María Elena Walsh, Ramona Lagarza, la misma Teresa Parodi. Parece que, actualmente, los ritmos que llamamos del folclor, son una mezcla casi indescifrable en cuanto a los rasgos de aquella muestra original; tiene una multitud de características y de ritmos (como eso que llamamos salsa, rock, jazz, blues), de tal suerte que, una pieza es de la tradición popular por su instrumentación, sus ritmos, sus letras y su origen. Todos estos elementos en la música de Larcher son un componente importante.
En su ya mencionado primer álbum como compositora solista Trinar, utiliza el ronroco, un cordófono andino de la familia del charango, que suena mucho como una jarana; el cultrún, un instrumento tradicional de percusión, ceremonial de origen Mapuche, además de integrar voces a coro e instrumentos comunes de otras latitudes: piano, guitarra, contrabajo y bajo fretless, por lo que se trataría de una modernización del género. En cuanto a los ritmos, combina la zamba, la chacarera, la cueca, pero sobre todo reconozco en ella la melancolía de la primera, en la que además, la música de protesta se ha inscrito (quizá por eso me suena mucho a Mercedes). En sus ritmos también se cuela un jazz al estilo Nat King Cole (que se oye también como a la mexicana Iraida Noriega), con la canción “Vos”.
Además de lo anterior, se suma el tópico, presente en latinoamérica (Amparo, por ejemplo, con “Jacinto Cenobio”) de emular el habla campesina y obrera en la música, como en la canción “Pobre de mí (solo canto estas coplas)”, la cual canta, además, a capela. Del mismo modo, sobresale en su música, en este mismo sentido, el propio acento de Larcher, una forma típica de pronunciar el fonema /r/, como silbando, como convirtiendo de a poco el vibrante simple a fricativo; según sus propias palabras, rasgo del habla de su lugar de origen.
Los temas que predominan en sus composiciones son la identidad, una política antisistema, la vida en sus diferentes formas (el viento, los pajarillos, el mar, la flor), la muerte, la identidad arraigada a un lugar como fortaleza, y la autorreflexión.
Lo que más me gusta de la música de Larcher es la forma en que se lanza a ella, como si se aventara de un barranco, o se sumergiera abisalmente al mar, como poner las manos al fuego; su cuerpo y su mirada expresan hasta dónde la tocan las notas y las palabras.
Su música, quizá como ella misma hubiera pretendido, al aferrarse a la identidad que le da estructura y solidez, transmite en los hogares en que la escuchamos, ese hecho: “…abre todas las ventanas”.

Fotografía tomada de Alternativa
Por último, «Almar» por su parte, es una canción que toca junto con SurdelSur Ensamble, nombre que crea a partir de verbalizar un sustantivo, que mucho se usa para referir algo humano indescifrable que contenemos y que nos contiene, con una oleada de música con un susurro, se nos canta:
Una vez yo vi al mar
brillar por amor,
música de la luz,
luna baña tu piel,
te hace sentir
que estás tan viva …
tan viva…
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