En un escritorio de plástico, color de haya, simulados los anillos de una falsa madera, de un falso árbol, frente a una laptop, me invade una sensación de no tener camino de retorno, lugar al cual volver, un “mi Valle de Pubenza”. Escucho bajito, lejos, el unísono rítmico de una batería, un bajo y una guitarra acústica, tocando lo que la partitura dice que es un Mi menor, La mayor y Si menor, más una voz: “Nuevos ojos, nueva piel, nuevas las manos/ del placer/ van metiéndose de a poco dominando/ mi querer/ mi querer”. Entonces me doy cuenta de que al escuchar música, una crea su ancla; yo al escucharte, vuelvo a mi pasado como si volviera a mi casa, porque ahí estoy yo.

Un collage de ritmos y de palabras
Ely Guerra es una mujer que compuso desde la idea de proyecto, no de single, en busca de plasmar una idea, a través de una estética, eligiendo un estilo, la instrumentación, con letras que dialogan consigo misma, con el público y con la música misma.
Pa’ morirse de amor está incendiado; lleno de mujer que se mira a sí misma, en “Peligro”, mediante una letra poética, ambigua para algunos, de mucha claridad para otras, aborda la sensación de tener una personalidad que no hay quién contenga (o como Billy Idol dijera “catch my fall”), incluso una culpa de no ser tan calmada como los silencios, siempre bien recibidos; de no tener los sentimientos y la voz bajitos: “Y como siempre he sido muy intensa/ pienso que te quedarás”. No nos caía la certeza, Ely, no nos dábamos cuenta de que el problema no era ser una misma.
A través de su música conocí el feminismo, de ella misma explorando la vida, no mediante una perspectiva teórica, sino del fuerte impulso de una mujer que se mueve aún con la incertidumbre y los complejos (¿hay alguna mujer que no los tenga?): “Hoy me quiero transformar/ en lo que no logré ser, en la metáfora que/ aún me cuesta comprender, ¿por qué no retroceder?/ … romper las cadenas que amarran mis días”.
Y es que saber que hay una mujer haciendo música a su manera y hablando de sus deseos, demostrando cuán erótica es, buscando liberar su discurso, resulta muy estimulante, lo es ahora para la mujer que soy y para la adolescente que alguna vez fui. Mismo combo: batería, bajo, guitarra, esta vez eléctrica, generan un ritmo de suave rock para que ella cante: “Su fuerza está/ en no hablar de más y en ser poeta/ y el equilibro en su mirada es la promesa/ de liberar mi corazón/ de liberarme”, canta, y sin que haya un imperativo, sino un estar convencida, nos habla de una liberación: “ángel que del fuego naces/ déjame acercarme a ti…/ líbrame del mal que llevo en mi ser”; Ely, ¿te refieres a Uriel, el que significa conciencia de sí, o al caído Lucifer?
Antes había grabado el disco Ely Guerra, en que, al parecer, no tuvo tanta libertad creativa, pero casualmente, una de las canciones que más duende tiene es “Para hacerme perdonar”, que, entre otras de este proyecto, compuso por entero: “Para hacerme perdonar te traigo un beso adolescente/ aquél que nunca te di/ déjalo que estalle aquí en tus labios, mientras sientas/ que sin intención te herí”: Un perdón que se pone en los labios, es el verdadero pedir perdón; comienza con un piano fuerte, terminante, mezclado muy bien con la guitarra, de modo que se advierten destellos de blues, soul, R&B, con una rockera batería que acompaña o contiene a los demás sonidos, y de alguna manera, termina por ser una canción de furia y de tristeza al mismo tiempo. Tenías apenas 23 años, y cantabas como si por dentro de ti viviera la mujer que eres hoy, en vez de la niña de la que nos hablan.

Pero cuando publica Pa´morirse de amor», quizá ya hubiera aprendido a no ceder las cosas que le importan, rechazar la idea de ser una prima donna, a pesar de que el ambiente exigía mucha aprobación masculina y una estética complaciente, para tener una carrera.
La personalidad de Ely Guerra me parece cautivadora, se expresa con mucha honestidad al hablar, por ejemplo, de sus dolores, que a la vez, qué curioso, son el eco de los de nosotras cuando la escuchamos, o de ella, al ser parte del devenir que todas: “Lo que quieras conocer, no me importa/ Lo que puedas carecer, no me importa”; mi derecho de decir: “Y aunque tú quieras saber de mí/ Yo no quiero/ No quiero hablar”; una postura contraria al rol que se espera de la mujer, que contenga y que cuide.
Este disco tiene la misma peculiaridad que un género que se intenta definir, pero se topa con el problema de que se conforma de varias tradiciones; el de Ely Guerra es un estilo hecho de estilos, que sólo se define y se concreta cuando esa combinación posible se toca. Nada suena como ella, y sin embargo, podemos reconocer sus influencias y su tradición. Ella opta, como he mencionado, por ritmos soul, jazz, rock, lounge, R&B, además de sonidos, que llamaré “místicos”, los cuales van a persistir y acentuarse, hasta llegar a su cúspide con Zion, quizá porque están ligados a una filosofía propia que fue estableciendo con los años y expresando en cada disco, hasta convertir la figura de Ely Guerra en una persona; lejos de convertirse en un producto, como suele suceder con las grandes trayectorias, se fue volviendo cada vez más persona.
La canción “Qué más da”, está entre las que considero mejor realizadas, comienza con una percusión de tambor pequeño y de piel firme, de danza ritual “pop”, en el sentido de suavidad ¿es eso posible? Remite a la soledad, al latido de la tristeza. El uso de la guitarra acústica que sabemos da una atmósfera de lo íntimo, se complementa con la percusión, y en ese mundo ya dispuesto, la presencia habla: “Estoy sintiendo del bien el mal / estoy queriéndome engañar / estoy enferma por tu amor./ Estoy queriéndome liberar / que a veces pienso en ti de más/ estoy enferma por tu amor”. Ely decide incluir una flauta después de la reflexión del yo lírico, cuyo sonido se parece a aquellas andinas, tocadas para espacios abiertos; yo lo tomo como un gesto del sentido de la canción: la redención; ella reconoce la enfermedad, y aunque no puede remediarla, está en el punto más oscuro cercana a la luz.
“¿Por qué tendría que sufrir por ti?/ total, yo de la nada quise darte mi amor, suavemente./ Un poco de mi tienes/ para bien, para mal, para la eternidad, para irte de mí…”
Los instrumentos que se utilizaron para este disco, fueron sobre todo guitarra acústica y eléctrica, su protagonismo es tal que crea una atmósfera general de internalidad, calma, y reflexión, aunque con algunas piezas más alegres y enérgicas; en este sentido, a la música de las guitarras la acompañan, según su fin, la percusión, el bajo, la flauta, el silbato y el teclado; algunas melodías resultan profundamente melancólicas, pero otras, como “Dime”, son más bien ligeras y eróticas (ésta recuerda por su estilo a Alanis Morissette, en el sentido de los ritmos folk acústico): “Si mis manos te tocaran bien/ y yo apretara a ti mi piel/ ¿sabrías de mi amor?/ Si mi lengua te besara fiel/ y entre mis piernas/ te enganchara bien…/ dime, dime, dime, dime”.
¿Se dan cuenta de tan potente erotismo? Es un juego, un bello juego de imágenes sugestivas y palabras amorosas erigiendo el deseo.
Flor de loto en fuego
En Lotofire, su tercer álbum, entra al terreno de la música electrónica, aunque la guitarra y el piano acústicos la seguirán toda su carrera (por ser los instrumentos que ella toca, y que por tanto le dan a su música el toque Guerra, junto con la potencia de sus letras), integra piano eléctrico, órgano eléctrico Fun Machine, sintetizador Stytophone, caja de ritmos Roland TR-808 y el uso de programación electrónica. También añade instrumentos clásicos como el piano, las claves, el vibráfono, el xilófono, el glockenspiel y la batería; todos estos últimos de percusión, lo cual va a definir mucho el ritmo de estas composiciones: pulsátiles, marcadoras de tiempo y respiración, de golpes y de roces, reiterativas (como bucle y como espiral), tanto con efectos electrónicos como acústicos, y letras que se mueven en ese son:
“Yo voy, yo voy, yo voy, yo voy/ Yo voy, yo voy, yo no voy, yo voy/ Yo que te sirvo para olvidar/ La soledad y el miedo que van/ Dejando en mi interior vacío/ Dejando en mi interior vacío”
Además de ello, hace vocalizaciones, tipo glosolalias, para las que Ely es una experta.
Me parece interesante este aspecto, debido a esa idea de Jean-Jacques Nattiez de que las notas como elemento primario de una frase, pudieran formar significados variables en su contexto composicional, así mismo las glosolalias parecen decir algo (más las del cante, por supuesto), en el caso de Ely, debido al sentimiento que les imprime y lo performática que es: se deja ir en la música, el canto y la palabra.

Lotofire da inicio con el sonido de una respiración de fiera, asustada o alerta, se trata de la canción “La calle”, una voz comienza a cantar como reproducida en otro plano, entre decir y decir cae un fuerte latido de baterías, guitarras y sonidos que rebotan: “es el dolor/ es el dolor/ lo que me atrapa”. El sentido de la canción es el de alguién que se forja a partir de la dura experiencia de «El doble filo que da la soledad», bajo la premisa: “la incierta forma de seguir creciendo […] es lo que la calle da”.
Encuentro en este disco una lucha contra lo que queda de quien ella fue en otro tiempo, no tan lejano. Existe la aceptación en algunas cosas, pero búsqueda y ansiedad en otras. Ely es de las pocas artistas que logran retratar el laberinto de la ansiedad clínica, no la ansiedad romanizada, sino la que quita el sueño y la cordura. Es el caso de “Tengo frío”, en que transmite el “vacío del alma”, al representarlo como un frío crónico, el video se suma a esta experiencia: ella muriendo de hipotermia en un río; se oye la rígida batería, casi estática, seca: “es que da miedo es que lastima…”; destellos al fondo de algo que no es esperanza: “sí tengo miedo, sí llevo alguna herida…/ nadie, nadie puede ver, si tengo miedo si tengo alguna herida”; el ritmo, cada vez más dinámico, se va soltando al mismo tiempo que el dolor, al mismo tiempo que el río en el video. Ecos y una guitarra eléctrica distorcionando el tiempo-espacio, mientras la voz continúa cantando: “nadie, nadie puede ver/ si tengo miedo si tengo alguna herida…”. Al final sólo se trata de eso, de: “lonely nights/ lonely nights…”, frase que se repite como un loop.
Pienso que Ely Guerra se fue conociendo a sí misma a partir de su experiencia ante el amor romántico, a validar sus emociones, a expresar sus anhelos, a delimitar su espacio, a reconocerse en un entorno hecho para el placer masculino; esos caminos y esos pasos han sido para mí (¿para nosotras?) una pista de cómo abordar situaciones en momentos repletos y sin lógica. De modo que en este disco, se oye y se siente a una mujer más resuelta de cara al amor, antes llena de sentimientos de añoranza, orfandad y cierta resignación, ahora:
“Vete cuando puedas/ Porque te quiero matar/ Voy a defenderme desde/ Ahora hasta el final/ Déjame en silencio/ Ya no hay nada/ Más que hablar/ Vete ya sabiendo/ Que no puedes regresar/ Finalmente yo decido/ Lo que viene y va”
“Vete”, palabra poderosa en sí misma, no se encuentra gratuitamente en el clímax de la canción, entra algo que, una piensa será un tango electrónico al estilo Juan Campodónico o Bajofondo, pero termina siendo una serie armónica electrónica, viva y con cierta locura impregnada. Este álbum es también como un despertar: “Sin querer te fui/ Cediendo/ Una y otra más/ Mi tiempo”; y mientras la música, antes de este estribillo, era apenas unos acordes bajos, empieza con el rasgueo acústico, pausado pero que el corazón siente frenético, mientras canta con efusividad: “Sin querer te fui/ Cediendo/ Una y otra más/ Mi tiempo”; termina con gotas de agua (gotas electrónicas de agua).
Lotofire es, a mi parecer, el mejor de su carrera, el cual cierra una melodía suave, de reconciliación: las claves junto a un tambor denso parecen pulsaciones eléctricas, más que hechos de mano a piel o bataca a plástico; suena el ¿xilófono? (como una marimba), rasgueos de guitarra, pero todo el ritmo está hecho con los latidos de la más amorosa canción:
“Prometo ser…El cielo azul, la calle sola/ El fresco aire de abril/ Te cuidare, te cuidare/ De vivir a medias/ De sentir la espesa/ Nube violenta al fin/ El fin de siglo/ El fin del tiempo/ Del fin del siglo/ Que nos tocó vivir”

El rock en Ely Guerra
Cuando Ely Guerra comenzaba su carrera, otras mujeres también estaban buscando su voz y su espacio en el medio, como Julieta Venegas, Rita Guerrero, Ceci Bastida (de Tijuana No!) y Jessy Bulbo (en ese momento con Las ultrasónicas), todas ellas a su vez, aunque abriendo nuevas sendas, siguieron los pasos que ya habían fraguado Cecilia Toussaint, Betsy Pecanins, Nina Galindo, Kenny Avilés y Emilia Almazán, dentro de un ambiente, como he mencionado, profundamente masculinizado, anclado a la figura del rockstar.
En la escena estaban Molotov, Café tacvba, Control Machete, La gusana ciega, poquito después plastilina Mosh; por otro lado, quizá más intelectualizado pero igual de masculino: Real de catorce, Jaime López, Gerardo Enciso, Rafael Catana, entre otros. Ely trabajó sobre todo con hombres para crear su música, firmó contratos con disqueras con quienes, en más de una ocasión, tuvo que defender sus composiciones.
Aunque es cierto que grabó “La Llorona” para el álbum Travieso Carmesí de la directora Alondra de la Parra con la Orquesta Filarmónica de las Américas, cambiando el tiempo, ya no en 3/4 sino em 5/4, por ser para Ely una canción más bien triste. En este álbum participaron también Natalia Lafourcade y Denise Gutiérrez (de Hello Seahorse!), con quién también grabó «Cuando te vayas al bosque». Además de ello, Ivonne Venegas hizo el arte del booklet y las páginas interiores de Lotofire (qué bonito era eso del librillo y las canciones).
De cualquier manera, todas estas mujeres fueron conformando otras formas de ver y hacer ese fenómeno tan amplio que se llama “rock”. Un Rock de mujer, que hasta ahora, pervive de forma fresca, por su capacidad de transformación y por su inagotable creatividad.
Por cierto, a lo largo de su carrera, Ely estuvo presente en seis vives latinos, de cuando todavía eran chidos, baratos y divertidos.
Quiero ser yo misma
Partamos nuevamente del inicio, su primera composición a los 12 años (“Perdóname”) se encuentra en el álbum Ely Guerra, está dedicada a su madre; dato maravilloso, y que ejemplifica de lo que se iba a tratar su carrera: expresar sus búsquedas internas y existenciales, una Ely ficcionalizada, hiperbolizada, pero también construída en su justa dimensión, de intimidad y cotidianidad, con sentimientos y palabras comunes y corrientes, lugar desde donde de pronto se olvida hablar.
Después de sus primeros tres álbumes, llegó una una mujer sweet & sour, hot y spicy, álbum homónimo a ella misma, fue nominado al Grammy Latino en la categoría «Mejor Álbum Alternativo» (categoría en la que años más tarde ganaría con Hombre Invisible); recuerdo que dibujé la portada de este disco sobre una piel de djembe que me regaló mi primo Tona; y que bailaba “Quiéreme mucho” con mi prima Isis, simulando ese salto hacia atrás cuando en el video musical estás en la portería, después de que fallaran un gol a tu favor, cantando: “quiero bailar/ser suave movimiento/ y gozar, quiero sentirme bien”.
En este disco nos muestra a una mujer no tan introspectiva, más entregada al placer, sin amarras: “Si te dicen que soy mas bonita que tú/ no les creas/ si te dicen que yo soy una flor azul/ no les creas/ si te cuentan que soy amorosa/ si te dicen que soy deleitosa….”, ay Ely cuántas veces no canté esa canción como una defensa a ser yo misma.
Y cuántas veces no coquetee y fantaseé dedicando esas canciones, con el mismo erotismo lleno de ternura, una sensualidad como “Te amo, I love you”, en que explora con voz y notas la simulación de la locura del amor: “Te quiero solo a ti, yo te miro y siento mi latir/ Ya pude corazón/ yo te veo y te deseo aquí/ En mi interior/ Corazones pintaba yo/ En la espera de un nuevo amor/ No mi vida, por favor, no, mi amor, déjalo…”; en esta parte su voz llega a notas graves altas, frenéticas.
Se conoce la potencia de la voz de Ely, sobre todo por la colaboración que hizo con Beto Cuevas en la canción “El duelo”, digamos que porque se viralizó; en ella se ve claramente la forma en que se deja llevar por su propio canto, lugar en el que disfruta estar, y quizá por eso, y por la carga ritual que implica la voz como único instrumento, realizó un proyecto hecho con sólo este recurso.
En este proyecto de nombre Zion, aprovechó la multiplicidad de sonidos que puede lograr, es capaz de hacer agudos muy agudos, y graves muy graves, lo mismo que notas intermedias; una mezcla de todo, parecido a lo que hace la agrupación Voz en punto, pero sin más colaboración que ella misma. Crea melodías en las que canta al unísono en cuanto a su dimensión vertical (con un coro hecho de sus voces), pero también realiza otros sonidos, pregrabados y superpuestos, que se desarrollan en el tiempo.
El gusto que tiene Ely por usar sólo la voz, también se puede advertir en su predilección, en entrevistas y conciertos, por regalar un espacio al canto sin música, a capela, y las canciones que prefiere cantar de ese modo, como “Júrame”, canción de tradición de la maravillosa compositora mexicana María Grever.
Zion del hebreo Tsiyyon se traduce como «lugar elevado» o «fortaleza», y tiene relación con la Ciudad de David, sinónimo de Jerusalén; de manera más simbólica puede asociarse con un estado de liberación espiritual, paz y armonía, me inclino por pensar que, en el caso de este disco, se refiere a ambos en un sentido amplio, por ser la música (a pura voz, como dijimos) y las palabras ahí expresadas, de sentido espiritual:
“¿Y qué brilla cuando el sol se ha apagado?/ ¿Qué brota de un alma oscura, de un corazón quieto?/ La verdad asoma su filo/ Y las ganas pacientes se acaban/ Pero hay una luz/ Yo sé que hay una luz…”
Existe también, en cuanto al nombre de las canciones y sus letras, una combinación de idiomas, como “Strelitzia”, en que combina el portugués con el inglés. Un bello fragmento:
“Eu sempre quero estar (é um amor, é uma cor, é a brisa, um calor, é a vida) / Eu sempre quero cantar/ Pra ti, pra mim, pra tudo o mundo (a flor, é a lua, é o sol, é a terra, é a raiz, é o momento feliz)”.
Zion fue publicado en el sello que la misma Ely fundó, Casa Homey Estudio, y tardó seis años en construirlo. Se trata de una experiencia sonora, como hace Laurie Anderson, al introducir relatos con voces acompasadas, en medio de un paisaje musical.
Ely, espero escuchar en otro disco más tu otra transformación, tu ecdisis, la abandonada crisálida del verano pasado. En una entrevista compartiste, que para no ser un cliché, te dijiste: “Quiero ser yo misma”, por eso y más te quiero mucho.
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